Siempre he creído que las noches de enero son de bancarrota, no por la situación del bolsillo sino por la aventura emocional que nos dejan los festejos y las nostalgias de las navidades, tiempo indudablemente hermoso, quizás el más hermoso del año con esa mezcla de júbilo y tristeza en un aire suave.
Pero estas navidades solo han tenido la nostalgia habitual del Cascabel, Cascabel, lindo cascabel, o Feliz Navidad, Feliz año nuevo, se han agregado tristezas mayores que a veces parecen insuperables. Han sido las navidades más extrañas por atípicas, amargas en todo sentido, deprimentes, en toque de queda como en estado de guerra por el bien de todos, pues la guerra que el mundo está librando es la más terrible de las últimas décadas.
¡Qué terrible y que difícil se ha vuelto vivir en este mundo! Pero como no conocemos otro, estamos obligados a vivir en este con los pies bien puestos sobre la tierra, si deseamos vivir a plenitud.
Nunca he sido muy madrugador, pero ahora escribo de madrugada debido al insomnio, otra crisis desatada por la pandemia. No vale el aire acondicionado nuevo, las sábanas limpias, el silencio ni lo acogedor del cuarto, el Covid-19 ha jodido la vida de la humanidad, ha cambiado al mundo como nunca quizás nadie pensó y no me digan que es debido a que un chino se comió un murciélago o nada parecido.
Enemigo mortal, invisible y despiadado, no respeta razas ni credos, tampoco estatus económico ni clase social, es alimentado cada día por la ignorancia de quienes piensan que el toque de queda y las demás restricciones son medidas en contra de la vida.
Quisiera pensar que no ha sido la mano del hombre, pero no está demás pensar que esta maldita criatura es producto de una malsana inteligencia científica, un virus de laboratorio, una maldad del ser humano contra sí mismo que está pesando a toda la humanidad, consecuencia de un juego irresponsable y maldito.


















